Aabo de cumplir 56 años y ya me he bañado dos veces. ¡Cómo lo oyes! La primera vez lo hice en octubre del 2014, en Olot, y fue mi primera aproximación al ‘shinrin yoku’, en aquella ocasión de la mano del doctor Secundino López-Pousa, entonces coordinador del servicio de Neurología de los hospitales Josep Trueta de Girona y Santa Caterina de Salt.

La segunda inmersión la disfruté el pasado fin de semana en Sant Celoni, con el escritor Francesc Miralles y el biólogo e instructor de Mindfulness Andrés Martín Asuero. Y, cómo no podía ser de otra manera, también fue una gozada.
Sí, ya sabes de qué te estoy hablando: de los baños de bosque, cuyas bondades pregonan los japoneses por todo el mundo desde los años 80. Porque esas zambullidas en la naturaleza son curativas, lo dicen incluso los investigadores del Parc Sanitari de Sant Joan de Déu. Y no solo para la mente y el cuerpo, sino también para los males del alma.

No es un tópico. Lo digo por experiencia. Hubo una época en la que pasear con mi perro por los bosques de Collserola, en Barcelona, me salvó de caer en el oscuro pozo de la depresión. Caminábamos entre encinas y pinos. Seguíamos el rastro de los jabalís. Nos sentábamos en un claro a escuchar el trino de los pájaros y el cimbreo de los árboles… Esos paseos fueron una auténtica medicina. Entonces no lo sabía, pero ya estaba haciendo baños de bosque.

Francesc Miralles explica que las personas que van asiduamente a los bosques refuerzan sus defensas gracias a las fitoncidas, unos venenos naturales que desprenden los árboles para defenderse de los depredadores. “Estos venenos están en unos niveles tan bajos que lo que hacen es inmunizarnos y amentar nuestra producción de células asesinas”, afirma el escritor en referencia a este tipo de linfocitos del sistema inmune.

Una explicación paralela a la que dio el doctor López-Pousa durante el paseo que realizamos en la Garrotxa cuatro años atrás. El especialista atribuyó entonces los efectos benéficos de los bosques a la inhalación de las sustancias aromáticas que desprenden los hongos, los aceites y las resinas de los árboles.

“Estas sustancias son mediadores cerebrales, porque aumentan la serotonina y regulan la noradrelanina. Hay que pensar que el 80% de la farmacología actual proviene de los bosques. La propia penicilina es un hongo y en los bosques centenarios hay un equilibrio biológico entre las plantas, las bacterias y los animales”.

Para Miralles y Martín Asuero, ir al bosque es como volver a casa. Es cierto, a veces los humanos tenemos la soberbia de ver la naturaleza como algo ajeno y externo, una especie de mundo paralelo situado en el exterior. Pero el caso es que nosotros también somos naturaleza, somos pedacitos de cosmos que sienten y piensan.

Y, además, ir al bosque cuesta poco dinero. Como mucho pagar el peaje de una autopista o un billete de tren. La ruta que seguimos, de unos 10 kilómetros, sale de la rectoría de Sant Esteve d’Olzinelles, en Sant Celoni. Es de poca dificultad y atraviesa frondosas arboledas de pinos, encinas, alcornoques, robles y otras especies caducifolias.

Entre ellos pueden contemplarse árboles centenarios, como son los plátanos de Aranyal, el chopo de Olzinelles, el roble del Quintà y el cedro de Can Valls. Algunos de ellos son auténticos monumentos vegetales.

No te pierdas un paseo como este. En nuestro caso, aderezado con las explicaciones de dos expertos guías y con meditaciones caminando. De vez en cuando, nuestro grupo, con una veintena de personas, se cruzaba con otros excursionistas que nos saludaban animados. Pero enseguida callaban perplejos ante nuestro sepulcral silencio. Casi se les podía leer el pensamiento: “¿De dónde salen esta cuadrilla de frikis?”

Beneficios para la mente y el cuerpo

Los beneficios del contacto con la naturaleza son numerosos y nos afectan en distintos ámbitos.

  • En el cerebro: ayudan a producir más hormonas de la felicidad, mitigan la agresividad y los cambios de humor bruscos, favorecen la reparación de tejidos dañados, reducen el riesgo de padecer demencia.
  • En los ojos: relajan y restauran la vista, muy perjudicada por el uso constante de pantallas electrónicas. En el corazón: reducen la tensión arterial y aminoran el ritmo cardiaco.
  • En el sistema digestivo: mejoran la digestión y también ayudan a las personas propensas al estreñimiento o la diarrea. En el sistema inmunitario: aumentan las defensas de forma natural.
  • Longevidad y fibromialgia: el contacto con la naturaleza aumenta la esperanza de vida y en los estudios llevados a cabo por el doctor López-Pousa, se han mostrado efectivos para disminuir los dolores causados por la fibromialgia.
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