Las siete hambres

Seguramente has oído hablar del hambre emocional en alguna ocasión. La idea es sencilla y evidente: más allá del hambre física, en muchas ocasiones recurrimos a la comida para saciar una angustia o una ansiedad relacionadas con problemas emocionales.

Pero la pediatra y monje zen estadounidense Jan Chozen Bays va un poco más lejos y, en su estupendo libro ‘Comer atentos’ (editorial Kairós), establece una clasificación en la que habla de siete tipos de hambre.

1) Hambre visual

Para ilustrarla, Chozen Bays pone el ejemplo del carrito de los postres, aquella situación que todos hemos vivido alguna vez en un buen restaurante. Hemos acabado de comer dos excelentes platos y algo de pica-pica, estamos hartos y decidimos pasar directamente al café cuando…, sin previo aviso, el camarero sitúa ante nuestros ojos el tentador carrito de los postres, rebosante de apetitosas tartas y pasteles.

Es inútil, no podemos resistirnos, y aunque estamos llenos, pedimos una porción de un delicioso postre. Esa es el hambre visual. La vista puede convencer a la mente para que se olvide de los mensajes del estómago y del cuerpo, incluso cuando uno está a punto de reventar.

Esta es el tipo de hambre más explotada por la publicidad. Solo hay que ver las apetitosas imágenes que nos colocan en los anuncios. Uno de los trucos para engañarla es comer en platos pequeños (nos da la impresión de que comemos más), y también es conveniente presentar bien nuestros platos y utilizar la mayor variedad de colores en las comidas. La belleza nos alimenta la mirada y el corazón.

2) Hambre olfativa

El olfato es quizás el sentido que nos transmite los impulsos y experiencias más subliminales e inconscientes. Es capaz de despertar recuerdos e instintos arraigados en la profundidad de nuestra mente. Ha sido un sentido básico para la supervivencia de la especie humana, porque nos ha permitido detectar a presas y enemigos. También nos ayuda a distinguir los alimentos que están en mal estado de aquellos que son apetitosos y comestibles.

Aunque en la actualidad lo adormecemos con perfumes, desodorantes y colonias (a veces, por suerte), es un sentido fundamental para la atracción sexual y para el arraigo emocional de nuestros allegados. El olor ejerce un efecto potente y primitivo en la mente.

El olfato puede distinguir entre 10.000 olores, frente a los cinco sabores básicos que detectamos con la boca. Un ejemplo de hambre olfativa es cuando estamos en el cine, a oscuras después de comer o cenar (es decir, sin nada de hambre), y sin embargo nos llevamos a la boca puñados de palomitas de la bolsa de nuestro acompañante, después de que el aroma a mantequilla nos haya hecho caer en la tentación.

Jan Chozen Bays nos invita a oler los platos y las fuentes cuando están en la mesa, para satisfacer así a uno de nuestros sentidos más sugerentes.

3) Hambre bucal

El hambre bucal depende mucho de cada persona. Es variante, como puede verse con el gusto por el picante o las especies, que también está influido por cuestiones genéticas y culturales. Lo que pide la boca depende mucho de este tipo de condicionamientos y, además, puede entrenarse. Pero no hay que olvidar que es un tipo de hambre muy potente, solo hace falta recordar lo complicado que resulta quitarles el chupete a algunos niños.

A la boca le gusta estar entretenida. Resulta difícil estar presente en sus sensaciones cuando masticamos y la intensidad del sabor empieza a desvanecerse, mientras que la textura se vuelve demasiado blanda. Cuando la boca se aburre por la disminución del sabor, pide otro bocado. Una característica que es muy explotada por la industria alimentaria.

La boca se aburre, pero nunca se cansa, y no pararía de comer porque no escucha los avisos de ‘depósito lleno’ del estómago. Si la acostumbras a estar permanentemente estimulada, no se sentirá feliz cuando está vacía y te impulsará al picoteo permanente.

El hambre bucal se satisface con la sensación, con las texturas y los sabores. La boca es un órgano de puro deseo. Si no somos conscientes de lo que sucede en la boca, esta se sentirá privada permanentemente.

Si quieres disfrutar de una fiesta en la boca, debes invitar a la mente y ser consciente de lo que comes y de qué pasa en ella mientras masticas.

4) Hambre estomacal

Todos hemos sentido alguna vez retortijones en el estómago, pero no es cierta la idea de que es el estómago quien mejor nos informa de que necesitamos ingerir alimento. En realidad, somos nosotros los que le acostumbramos a comer a ciertas horas y con determinadas cantidades a través de nuestros hábitos alimentarios.

No hay que alterarse si el estómago gruñe si no comemos enseguida o si comemos menos, porque el estómago es un órgano condicionado por horarios y rutinas. Al estómago se le puede cambiar los horarios, las cantidades o incluso el número de comidas. Siempre se habitúa a lo que nosotros le damos.

La ansiedad también puede provocar que el estómago gruña y esa sensación se puede confundir con el hambre estomacal, lo que nos lleva a comer y a preocuparnos después por lo mucho que hemos comido sin necesitarlo realmente. El truco está en parar y observar.

Muy a menudo queremos solucionar con el estómago los problemas de la mente y el corazón. Pero la comida que metemos en el estómago nunca llenará el vacío emocional que a veces sentimos ni calmará ese tipo de dolor.

Lo que es realmente fundamental es que podamos sentir el hambre corporal. Ser conscientes de las señales de hambre de todo el cuerpo, no solo de las del estómago. Es cuestión de aprender a oír el cuerpo a través del hambre. ¿Nos cuesta posponer el comer deliberadamente? Hay que explorar qué le gusta a nuestro estómago.

Según la autora de ‘Comer Atentos’, cuando comemos deberíamos detenernos periódicamente para comprobar el estado de saciedad del estómago, porque en realidad se encuentra cómodamente lleno cuando está a dos tercios de su capacidad (en un 7 si establecemos una escala del 1 al 10).

Debemos aprender a sentir el hambre estomacal y sentir si está vacío, medio lleno o satisfecho sin llegar a sentirnos muy llenos. Es muy importante escucharlo para vivir en armonía con el cuerpo.

5) Hambre celular

Esta es el tipo de hambre más auténtica y real, y a la que deberíamos prestar más atención. Jan Chozen Bays afirma que hemos pasado de la sabiduría innata de los niños al batiburrillo de voces exteriores que nos confunden con mensajes contradictorios.

La pediatra estadounidense sostiene que los niños acostumbran a saber perfectamente la cantidad de comida que tienen que ingerir, y que son los adultos los que los condicionan con sus miedos y creencias erróneas. Por eso aconseja que se aprenda de nuevo a escuchar el hambre celular, porque esta es la principal destreza del comer atento.

Insiste en que escuchar la sabiduría del cuerpo es un don que teníamos de niños y que hemos ido perdiendo con el tiempo y las influencias del exterior (padres, escuela, publicidad, médicos). También recuerda que cuando estamos enfermos o las mujeres, cuando están embarazadas o tienen la regla, suelen conectar con esta sabiduría y se dan cuenta de que necesitan determinados alimentos, porque el cuerpo los reclama.

Por eso es conveniente tomarse una pausa antes de comer y dirigir la atención hacia el interior, para preguntarle al cuerpo qué necesita para hacer su trabajo.

6) Hambre mental

Se basa en pensamientos, en los ‘debería’ (comer más proteínas, menos grasas, menos azúcar, más vitaminas, beber muchos litros de agua). Es un tipo de hambre condicionada por los expertos y las modas cambiantes. Lo que provoca que los alimentos y hábitos que antes eran buenos, con el paso del tiempo se consideren malos y viceversa.

Es un tipo de hambre que también obedece a nuestras justificaciones (“me merezco un cucurucho de helado porque hoy he trabajado mucho”), y por la variabilidad de los estudios y las verdades absolutas de buenos y malos, frente al camino de en medio, que defiende la autora del libro, partidaria de que se coma de todo pero en la cantidad adecuada.

Cuando nos alimentamos basándonos en los pensamientos y exigencias de nuestras creencias, nuestro comer suele estar centrado en la preocupación más que en la satisfacción. Y cuando la mente se agobia por lo que deberíamos o no deberíamos comer, desaparece el disfrute.

“Esta noche no hay cena”, te dicen. Y entonces comes como un glotón al mediodía, sin tener hambre, como medida de precaución. “Mejor que almacenes”, te dices a ti mismo. Jan Chozen Bays afirma que nuestras mentes modernas hacen lo que dice las cambiantes ciencias de la salud y la nutrición, erosionando así la sabiduría ancestral de nuestros cuerpos.

7) Hambre del corazón

Hay veces en las que comemos porque nos sentimos solos. Y solemos elegir alimentos que nos recuerdan momentos felices con la familia, momentos de la infancia, de una interconexión con alguien y que luego nos reconfortan.

Comer puede ser otra manera de olvidar la soledad. Por eso es bueno preguntarse ¿qué es lo que sientes antes de picar sin hambre? ¿Cuáles son tus comidas del corazón favoritas?

La mayoría de las relaciones desequilibradas con los alimentos vienen causadas por el hecho de no ser conscientes del hambre del corazón. Para colmarla, debemos aprender cómo cuidar nuestros corazones. No hallaremos una satisfacción completa en la comida, por deliciosa que esta sea, si no alimentamos el corazón a diario.

Cuando comemos atentos surge una sensación de intimidad y conexión. Entonces cualquier comida puede alimentar el corazón. Cocinar con mimo, presentar los platos con cuidado en la mesa, relacionarnos con alguien.

Ni siquiera los alimentos más ricos bastan para saciar el hambre del corazón, porque se nutre a través de la intimidad con los demás. Por eso el hambre del corazón se satisface con el contacto o el cuidado de las personas que apreciamos. E incluso acariciando a una mascota.

Las más problemáticas

Las tres hambres más difíciles de saciar y que más problemas nos suelen acarrear son la bucal, la del corazón y la mental, porque acostumbran a provocar que comamos en exceso. Pero solo cuando no somos conscientes de su existencia y de cómo satisfacerlas. Aquí tienes una entrada en mi blog con diez consejos para aplicar el Mindfulness a la alimentación.

Una práctica regular interesante es preguntarte quién es el que está hambriento. Para descubrirlo, hemos de hacer una pausa antes de comer. ¿Cómo decides dejar de comer, por tus sensaciones o porque el plato está vacío? De ahí la importancia de reconocer las señales de estómago vacío, medio lleno, satisfecho, lleno y muy lleno.

A veces comes para no ser consciente, para olvidar brevemente emociones dolorosas (temores, soledades, la sensación de que se está fracasando). Pero otras veces caemos en la inconsciencia al comer. Por ejemplo, cuando vemos la TV o la tablet, porque cuando conectas uno de estos aparatos, tú te desconectas de lo que estás haciendo.

La autora de ‘Comer Atentos’ aconseja que nos preguntemos qué emociones despiertan en nosotros ciertos alimentos y qué alimentos nos llenan cuando estamos nerviosos, angustiados o tristes.

No se trata de prohibir la comida que nos influye de ese modo, sino que al comer conscientemente nos observemos a nosotros mismos para comprender lo que ocurre en nuestro complejo mente-cuerpo. No hay nada malo en usar los alimentos para cambiar el estado de ánimo siempre y cuando lo hagamos de forma consciente.

Con la práctica del Mindfulness, podemos ser capaces de detener comportamientos automáticos, y cuando logramos crear una brecha entre un pensamiento y la acción o la palabra que normalmente le sigue, estamos desactivando nuestros hábitos condicionantes.

Las pautas reactivas y los hábitos pierden poder sobre nosotros cuando salen a la luz gracias a la observación y la conciencia.